"... algunas veces vuelo y otras veces, me arrastro demasiado a ras del suelo... algunas veces vivo y otras veces, la vida se me va con lo que escribo... algunas veces busco un adjetivo inspirado y posesivo que te arañe el corazón..."
Si que es inoportuna la soledad, sobre todo en aquellas ocasiones en que no consigues reconciliarte con ella y te acerca hasta el momento en el que dices adiós. Hace tiempo, leí algo sobre las maneras de decir 'adiós', pero se refería a los aspectos formales, como pueden ser un abrazo, un beso, una mirada... no hablaba del verdadero, del que significa que dejas libre a la otra persona y que te liberas de tu existencia con o para ella.
Nuevamente ayer, tras una lectura sobre los adioses y los rastros que dejan, volvieron los recuerdos, nos los serenos, sino los que no deseas tener... Jamás podré escribir algo como lo leído, tampoco creo que quiera hacerlo, pero sí que tengo unos cuantos apuntes sobre aquello que puede dificultarnos el adiós, aún, cuando lo sabemos definitivo.
Casi nunca decimos adios convencidos de que es lo mejor, lo hacemos porque no nos queda otro remedio... sabemos que debe ser así... es lo que el guión establece... en ese momento no hay otra opción. Entonces nos armamos de un valor que no creíamos tener y con los labios, la mirada y un abrazo o tal vez solo una nota, decimos adiós. Y durante un tiempo estamos convencidos de que es el definitivo, que lo hemos aceptado, pero hacemos todo lo posible para poner trabas a la misión que nos hemos encomendado. Volvemos a mirar imágenes, recordamos canciones, guardamos el regalo, mantenemos la botella de vino y lo peor, mantenemos los lugares anudados a los despedidos. Nos perdemos entonces en un camino del que no vemos el final, e intentamos recuperar lo perdido, de la forma que sea. Usamos nuestras fuerzas, no para vivir con esa seguridad del fin que supondrá un nuevo comienzo, sino para intentar evitar lo inevitable. Nos aferramos a cualquier madero que nos permita creer que llegaremos, al que que sabemos que no es nuestro puerto.
Es complicado el adios cuando sabes que no tiene remedio, así que cuando consideras que sí lo tiene, se convierte en una de esas tareas que según el día te parecen imposibles. Para dificultarlo aún mas si cabe, de la experiencia vivida conservamos todo lo bueno, olvidamos el motivo que ha hecho necesario el adiós y nos parece 'ridícula la idea de no volver a verle'.
La parte de vida compartida, lo aportado, lo regalado, lo soñado, se convierte entonces en todo lo que quieres volver a tener y te encierras a soñarlo.
Ayer, en ese día 'raro' de agosto, tras ese regreso a lo inevitable, casi pierdo un día. Entonces me rebelé, me recompuse, imaginé que llegará un día en el que ver la botella no será doloroso, en el que los lugares tendrán rastros que vagamente nos recordara lo que fue y que las imágenes conlleven solo risas o, en el peor de los casos, sonrisas.
Hoy es domingo, día para 'avanzar', día en el que empieza una buena semana en la que compartir buenos momentos, así que hoy, que todavía duele, la botella de vino se convertirá en material reciclable, las imágenes se dispondrán a hibernar anticipadamente y las canciones serán sustituidas... con los lugares todavía no sé qué haré, pero sé que "algunas veces gano" y que "mas raro fue aquel verano verano que no paro de nevar".
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