"Amor, se te olvide la pena
cuando un día me duerma
y se acabe el dolor
y te hablaré de todo.
No olvidaré los pasos,
bailando en salón..."
Los viernes de su vida siempre han sido días diferentes que parecían revestirse del momento en el que se encontrara personalmente. Pasó por una primera etapa hasta la llegada a la vida laboral en la que los viernes suponían el fin de las clases y por lo tanto de la semana de obligaciones para empezar con las diversiones. El sentimiento que revestía la vida y los viernes era el poder, se sentía invencible, ligera, grande.
Pero donde realmente se empiezan a grabar los viernes como algo mágico era en ese tiempo en el que el trabajo era un lugar para hacer amigos. El Sol era grande y brillante, y aún recuerda que aunque de vez en cuando se cernían nubarrones, éstos eran tan pasajeros que en cuestión de minutos aparecía el viento del norte para hacerlos desaparecer. El viernes se convirtió entonces en su día preferido, el día más largo de la semana y el más feliz. Todo sonreía y el trabajo era un lugar en el que hacer amigos. Esta época duró muchísimo y los viernes a partir de mediodía no se trabajaba de ninguna manera. Faltar a los viernes solo podía hacerse por una causa muy justificada como que fuera a dar a luz o algo parecido.
La extensión de esa etapa hacía pensar que el resto de la vida sería así, con ese sentimiento de felicidad constante que instaló una sonrisa permanente en su rostro.
De repente la sonrisa no fue tan permanente y llegó el momento en el que los viernes todo salía mal. Todas las noticias preocupantes llegaban los viernes. Unos días eran laborales y otros personales, siempre en viernes. Como esas paradojas que no acabas de creer ciertas de repente se dio cuenta de que cuando los párpados se entornaban el viernes por la mañana, el mejor día de la semana, un escalofrío recorría la espalda dejándola en alerta durante todo el día. La vida se convirtió en preocupación.
Aprendió entonces que todo pasa y que las estaciones acaban y que cuando has tenido un mal otoño no imaginas que el invierno puede ser peor. Se encontró en medio de una nevada interminable en la que no habían días, los viernes se diluyeron con los lunes, los sábados o los jueves. Todos tenían ese componente de esperanza y de dolor que hacía que librar batallas fuera lo único importante día tras día. Dolor.
Pero esa época también pasó, como pasan todas y llegó la etapa en la que los viernes son días tristes. En lugar de un escalofrío es una ligera lágrima la que surca su mejilla al despertar. Y no es la única porque suelen seguirle otras en varios momentos del día y fue en ese momento cuando de verdad dejaron de gustarle los viernes. Aunque triste intenta no olvidar que su abuela decía que la tristeza en las manos amargaba y en los ojos llovía, así que había que trenzarla en el cabello. El cabello es capaz de atraparlo todo y trenzándola en él se diluirá. Cada viernes tras la primera lagrima, se trenza el cabello y se repite como un mantra los versos de Benedetti.
De repente la sonrisa no fue tan permanente y llegó el momento en el que los viernes todo salía mal. Todas las noticias preocupantes llegaban los viernes. Unos días eran laborales y otros personales, siempre en viernes. Como esas paradojas que no acabas de creer ciertas de repente se dio cuenta de que cuando los párpados se entornaban el viernes por la mañana, el mejor día de la semana, un escalofrío recorría la espalda dejándola en alerta durante todo el día. La vida se convirtió en preocupación.
Aprendió entonces que todo pasa y que las estaciones acaban y que cuando has tenido un mal otoño no imaginas que el invierno puede ser peor. Se encontró en medio de una nevada interminable en la que no habían días, los viernes se diluyeron con los lunes, los sábados o los jueves. Todos tenían ese componente de esperanza y de dolor que hacía que librar batallas fuera lo único importante día tras día. Dolor.
Pero esa época también pasó, como pasan todas y llegó la etapa en la que los viernes son días tristes. En lugar de un escalofrío es una ligera lágrima la que surca su mejilla al despertar. Y no es la única porque suelen seguirle otras en varios momentos del día y fue en ese momento cuando de verdad dejaron de gustarle los viernes. Aunque triste intenta no olvidar que su abuela decía que la tristeza en las manos amargaba y en los ojos llovía, así que había que trenzarla en el cabello. El cabello es capaz de atraparlo todo y trenzándola en él se diluirá. Cada viernes tras la primera lagrima, se trenza el cabello y se repite como un mantra los versos de Benedetti.

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