"Y lloro sin que tú sepas que el llanto mío,
tiene lágrimas negras, tiene lágrimas negras, como mi vida."
La conversación entre ellos comenzaba en el café de manera diferente a los otros días. Esta vez él necesitaba decirle algo, no era la charla de siempre, sino que había realmente algo que contar. Todo empezó con Inés y sus lágrimas. Las lágrimas de Inés huelen y su casa de la infancia olía a las lágrimas de Inés.
El día anterior había descubierto que ella podía haberse ahorrado muchísimas lágrimas y la casa oler a puchero o a ropa recién lavada, si hubiera existido internet. El motivo de ese llanto diario mientras cosía junto a su madre no era otro que la desaparición de su hermano. Se lo habían llevado, le habían arrancado las uñas, lo habían encerrado y luego lo habían trasladado a la península sin que volvieran a saber de él. Ayer muchos años después descubrió que al hermano de Inés lo habían tirado al Tajo y lo habían rematado a disparos sin que nadie de su familia se enterara.
La historia la encontró por casualidad en la red, pero en el mismo momento en el que leyó el apellido, el olor de las lágrimas de Inés se hizo patente. Llegaron otros recuerdos de su infancia, sus padres, sus hermanos, los fines de año, las sorpresas, su primer viaje. Ahora que ha recorrido medio mundo de manera real y gran parte del universo virtualmente, le resulta curioso que una historia de esa contienda en la que como en cualquier otra pasada, presente o futura, todos perdieron, lo que despierte sea la nostalgia de un tiempo que fue mejor.
Ella en los últimos tiempos bajo la protección de su casa había llorado como para regar jardines, pero sus lágrimas no olían, o ¿quizá si?
Su hija le había dicho que el caqui olía a verde, no a hierba sino al color verde, que por supuesto huele como todos los colores. Si esta niña alegre y despierta es capaz de oler los colores y según él las lágrimas huelen, es posible que su hija llegue a la vejez recordando que la casa de su infancia olía a las lágrimas de su madre. Esta reflexión la preocupó y la despertó, no lloraría más, cerraría el grifo en el que se habían convertido sus ojos. Volvería a poner el gesto amable de su sonrisa y no se permitiría ahondar en ninguna tristeza. No quería que nadie pensara en unos años como olían las lágrimas de Sofía, prefería que recordaran su risa o el olor de su pelo.
Comenzó a sonreír cuando quería llorar, y esa sonrisa cada vez le salía un poco mejor. Su hija también sonreía más y la casa olía a risas, a cafe y a música. Un día se descubrió oliendo los colores y constatando que la niña, que ahora se había convertido en una gran mujer, tenía razón y el caqui olía a verde. Pero hubo un color que se le resistió, el rojo, su hija le dijo que el amor olía a rojo y por mas que intentaba olerlo, ese color nunca despertó sus sentidos.
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