miércoles, 22 de octubre de 2014

La carta...


               "A veces llegan cartas con sabor a gloria, llenas de esperanza,
               a veces llegan cartas con olor a rosas que si son fantásticas,  
               son cartas que te dicen que regreses pronto, que desean verte, 
              son cartas que te hablan de que en la distancia, el cariño crece, 
              a veces llegan cartas que te dan la vida, que te dan la calma."



Debo estar haciéndome mayor (jamás reconoceré la palabra vieja relacionada con mi persona), hoy mientras mantenía diferentes conversaciones, he llegado a la conclusión de que cualquier tiempo pasado fue mejor.
En el colegio, nos obligaban a ducharnos y aún así terminábamos la materia en tiempo y forma. Rezábamos el Angelus (durante los primeros años), pero eso no impedía que el examen de lengua estuviera intachable. Ibamos a clase mañana y tarde y teníamos tiempo para alguna que otra actividad y sobre todo para ir a jugar a la plaza. En el comedor me enseñaron a coger los cubiertos correctamente y los profesores que además de mi educación se encargaron de mi bienestar no han tenido una baja por trastorno de ansiedad hasta el momento de su jubilación.

Hoy, los horarios son tan rígidos que mejor se pone educación física al final del día o una hora antes para no perder tiempo en la ducha. No se reza ni se imparte religión, pero la forma de hablar, escribir e incluso leer, tampoco nos hace pensar que en un futuro tengamos entre nosotros alguien cuyas palabras nos hagan temblar, reír o llorar. La jornada es continua pero no hay tiempo para tarea, actividades y parque, así que lo mejor es suspender el parque. Los profesores no saben que hacer con los niños cuya manera de manifestarse y de empezar a  mostrarse es no estar de acuerdo con el sistema y ponerlo en cuestión.

Y así crecen nuestros niños, cargados de las obligaciones que les imponemos, de las que tienen que hacerse cargo por nuestra falta de tiempo y de la del resto de profesionales que no lo son tanto y que trasladan el peso de la educación al propio interesado  y a su familia. 

El otro momento en el que la nostalgia del pasado se intensificó fue cuando me di cuenta de que la misma tecnología que ahora me permite compartir una reflexión, es la que me impedirá dentro de veinte años tener un momento como el que tuve cuando recientemente apareció mi caja de cartas. 
Mantuve una relación epistolar con varias personas durante bastantes años y siempre las guardé. Cuando me trasladé de casa, no llegaron. Nunca las creí perdidas pero no conseguía recordar a qué lugar del trastero de las cosas pendientes podrían haber ido a parar. Aparecieron y la alegría fue mayúscula… Hay cartas de todo tipo, de amor, de confesiones, de desamor, de enfado, de amistades eternas… He releído, en todas abundan los sentimientos, no existen las cartas de cortesía (si alguna vez existieron debí tirarlas), y he revivido esa época. Entonces recordé que recientemente y durante varios meses mantuve una comunicación asincrónica, pero esta vez en lugar de en carta papel, fue por carta electrónica (prefiero carta a correo, por lo menos para esta entrada), o lo que se llama una relación tecnificada.  Y hoy me he dado cuenta, que dentro de veinte años solo tendré lo que el disco duro de mi cerebro recuerde. Y que en el momento en el que por fin me traslade a la playa que me acogerá hasta el final,  no tendré cartas que se pierdan para reaparecer.

El problema va a estar en que en realidad y como afirmé al principio,  me estoy haciendo mayor y también en que "pasan los años y como cambia lo que yo siento, las viejas discusiones se van perdiendo entre las razones".

1 comentario: