martes, 3 de junio de 2014

El anillo…

"…y las gentes y las caras, no existían ni contaban y esa vez se hizo más fuerte y no dudó, y las horas encantadas ni corrían ni pasaban y el mar… pero lloró cuántas veces cerca cerca del amor"


Él hablaba de viabilidad, sostenibilidad y aprovechamiento con tal pasión que su voz llenaba la sala sin permitir que nadie escapase de la tela que tejía alrededor de una cantidad de números, cuyo balance era positivo. Empezó a gesticular de tal manera que sus manos en lugar de ser un complemento a sus palabras, apagaron por completo su voz. Entonces lo vi. En su mano derecha, allí estaba. Brillante y  pequeño, fuera de lugar, extraño. Su mente soñadora no tardó en inventar la historia de por qué aquel profesor cercano a la edad de jubilación, correctamente vestido y con un discurso correspondiente a una mente matemática llevaba un pequeño anillo de mujer.

Una vez hubo creado todo el argumento que rodeaba al dedo meñique del que ahora no podía apartar la vista, recordó otro anillo que llevaba una mujer cuya historia sí que conoció. Una alianza de matrimonio que se encontraba en una mano demasiado pequeña para portarlo, la de su abuela. Su marido había muerto y ella decidió que ni siquiera ese hecho iba a romper una historia de amor que había ido creciendo hasta límites insospechados. No era agradable verla triste, apagada y sin ganas, pero de alguna manera ver como brillaba el pequeño aro metálico en su muñeca la anclaba a la vida. Un mal día decidió quitárselo y regalármelo.
Murió en vida hasta la partida definitiva. Llovía cuando sus cenizas fueron esparcidas y en mi bolsillo permanecían aquellos anillos con los que no sabía que hacer. Estaba convencida que tenían un poder absoluto para unir destinos y los guardé intentando olvidarlos.

Los chicos de la mudanza dejaron sobre la cama una caja en cuyo interior se encontraban aquellos que hacía mucho no veía. Llegaba a una nueva vida, a un nuevo comienzo y lo primero en aparecer eran esas alianzas cuya inexorable unión era evidente. Ya ni las recordaba y en ese momento volví a leer la inscripción que cada una de ellas contenía. La mas pequeña con letra muy apretada rezaba "03 de junio de 1943. Para siempre, Manuel".  La otra llevaba la misma fecha acompañada de la declaración " Te ama, Lucía" . Volví a guardar esos anillos que se empeñaban en recordar que hay destinos que no se pueden cambiar.

Hoy este profesor lleva su anillo en el meñique, sus ojos están apagados, tristes, pero su mano brilla. Sé que después de hoy no lo volveré a ver, nuestras vidas están totalmente alejadas, pero espero que no se lo quite antes de tiempo, que a pesar de tenerla cerca, decida quedarse en Bagdad.

No hay comentarios:

Publicar un comentario