"Siempre, apartando piedras de aquí, basura de allá, haciendo labor.
Siempre va, esta personita feliz, trocando lo sucio en oro."
De repente, la cara de la persona que impartía el taller se petrificó. Las palabras que hasta ese momento fluían sin espacios en blanco se congelaron en alguna parte del trayecto y jamás llegaron a su destino. Hablaba de la sencillez y de los puntos de vista, pero al señalar las cortinas del fondo de la sala como referente, ocurrió.
Su mano tampoco se movió, quedó en el aire señalando algo mientras todos esperábamos que el silencio se acabara, temiendo que algo pasara, tensando aún más esa ausencia de sonidos.
El silencio no era lo peor. Lo verdaderamente alarmante eran sus ojos que, detenidos en un punto fijo, contenían el horror de millones de miedos, el vacío que te deja lo inexplicable, la angustia de no poder reaccionar.
Poco a poco, todos y cada uno de los presentes fue dándose cuenta de que ocurría algo, que el hasta ahora normal desarrollo de la sesión se había visto afectado por lo desconocido. Giré la cabeza hacia el punto en el que aquella mirada hasta entonces cálida y sonriente, se había vuelto fría y opaca. Solo pude descubrir unas cortinas que alertaron mis sentidos hacia unos derroteros inexplicables. Volvió el sonido para preguntarnos acerca de si nuestro miedo ante la aparición era tan profundo como el suyo. Algunos empezaron a decir que no era tanto el miedo como la falta de explicación que el hecho en sí llevaba aparejado y sobre todo, la incertidumbre de no saber nada acerca del origen de la situación. Todos empezaron a murmurar y casi añoré el silencio punzante del que veníamos. Hablaban entre sí sobre algo que no conseguía entender, pensé que me estaba confundiendo de lugar, que aquellas personas y yo no hablábamos el mismo idioma y que por lo tanto no tenía nada que hacer allí.
Aun así, venciendo mi normal timidez aderezada con una apreciación de ausencia de lógica, conseguí preguntar al chico que estaba a mi lado por la situación y su respuesta me alejó aún más si cabe del centenar de personas que ocupaban aquella sala. Miré nuevamente hacia atrás y volví a ver las horrorosas cortinas que alguien tendría que plantearse cambiar.
Guardé el bolígrafo, la libreta y me alejé físicamente de toda aquella gente de la que ya me encontraba a kilómetros de distancia. Mientras bajaba las siete plantas de escaleras mecánicas, no podía dejar de pensar que tenia que haber seguido mi impulso inicial e irme de compras en lugar de dejarme convencer para asistir a aquel taller en el que todos debían ser actores y yo la protagonista de una cámara oculta.
¡Un aborigen en la sala! Es posible que si hubieran planteado algo más creíble hubiera dado el juego suficiente para salvar el programa, pero ¿un habitante prehispánico?
Volví a casa cantando y pensando que a pesar del intento de burla, había aprendido que el talento puede ser natural, pero que la habilidad se trabaja y sobre todo que si es posible simular miradas, puedes aprender a jugar con las palabras para ocultar lo que quieres decir sin decirlo.
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